Glafira Rocha
“La vida no es un problema a ser resuelto
sino una realidad que debe ser experimentada”.
Kierkegaard
Me hice partícipe de mi naturaleza hasta que me olvidé de experimentarla. Cuando ya no seguí las reglas de una mente indecisa, las respuestas llegaron.
Una diferente inteligencia me recluyó en el hospicio de los involucionados. Crecí con niños, quienes al igual que yo, su ADN no había desarrollado los códigos suficientes, sólo veinte, de los sesenta y cuatro, estaban activados. En mi adolescencia fui separado de las mujeres por temor a que nuestra raza de seres menores se desarrollara y pudiéramos tomar el mando del planeta.
Los Drupadas tienen miedo de nosotros, dijo León, rompiendo el silencio al que nos tenían sometidos durante los minutos del almuerzo. Yo fingía que no lo escuchaba y detenía mi mirada en el cuerpo tan sutilmente diferente de esos seres que se apoderaron de la Tierra.
“¿Cómo nos pueden tener miedo?”, pensé, no nos vigilan, no hay muros para detenernos. Su mayor tortura es que yo crea que no soy vigilado. La posibilidad de su presencia me mantiene como un cautivo sin escapatoria. Estar preso es más una condición interna que una imposición de mandatos extraños, le respondí a León, pero ya no me escuchó porque era hora de ir a observar a La Luz.
Caminamos como siempre por los túneles, hasta salir a un jardín sin fronteras donde está ella: La Luz. Verla fijamente todos los días, cada tres horas, me mantiene en un estado de aletargamiento. La ignorancia surge cuando no nos interrogamos los actos repetitivos. Una creencia arraigada por un hábito incomprensible nos dirige hacia la estupidez, cavilaba dentro de mi discurrir rumiante, que se llenaba de la ponzoña del rencor.
El marasmo de observar la luminosidad me aturdía y, al mismo tiempo, disfrutaba perderme entre el sueño y la vigilia, entre las frases internas y el mutismo. Hasta ese día que experimenté un lenguaje diferente. Percibí palabras flotando, diciéndome que me fuera con ellas. Pensamientos bailando y aturdiendo mi temperamento. Me abandoné en fantasías y alucinaciones. Luché conmigo para no caer en la trampa de dormirme y que los Drupadas me llevaran a La Cueva, como hacían con los que caían rendidos por el sueño.
Urdí un plan seguro para mi subsistencia: parpadear discretamente, pensar en otra cosa en lugar de ver hacia La Luz. Armaría historias dentro de mí, con la finalidad de no dormirme. Entonces, me distraía observando la apariencia de mis captores para no dejarme vencer por la somnolencia. Son seres muy parecidos a mí, pero nunca he logrado distinguir si son hombres o mujeres, me decía a mí mismo. Los ojos se cierran, se abren, La Luz, su intensidad me llama. No me rendiré.
Sólo las memorias de mi infancia me ayudaban para no sucumbir. Recordaba a Flor, la niña que veía a lo lejos durante las horas de La Luz. Teníamos cinco años y ya éramos presos. Cada recuerdo llenó mi cabeza con el deseo de la huida. Una idea fija aparece, se muestra clara, sin mácula, como la imagen caleidoscópica que tiene la geometría de la libertad. Los brazos se extienden en busca del vuelo; yo, como cualquier cautivo, busqué mi camino de liberación.
La Luz, de nuevo La Luz, otra vez La Luz, cierro los ojos, los abro y siento que León me observa; sus pupilas no ven a La Luz, él me ve a mí; comprendo que su mente divaga al igual que la mía. Una conversación, casi imperceptible, a la hora de la comida, se instaló entre nosotros. El plan fue sencillo: correr sin parar. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?, ¿tan idiotizados nos mantienen para no darnos cuenta de que la libertad estuvo siempre?
Corrimos, corrimos, me caí, me faltó el aire, corrí, me detuve; León tomó mi brazo, continuamos corriendo. Nadie nos seguía. El camino no tenía fin, no había agua, sólo cansancio; paso lento, pies que se arrastran, pensamiento que sucumbe; rendirse, regresar y… ver La Luz.
Las alas pretendidas de mi libertad se esfuman, el viento se asfixia a sí mismo y mi idea de huir se ahoga en un manantial de agua que hiede. Nadie se dio cuenta de que escapé. Me ignoraron, ese fue mi castigo; yo era menos importante de lo que creía. León ya no habló, La Luz lo consumió y se convirtió en un autómata de actos repetitivos.
Le dio miedo, él se rindió; yo no. Mi temperamento dicta que la lucha es la constante para evadir el tormento. Sin la confrontación, me pierdo en el ser estéril que no tiene un motor que lo impulse a seguir viviendo. Soy el soldado sin guerra.
Ya no seré una rata en su laberinto. Empecé a estudiarlos a la hora de los alimentos. Los hay de piel blanca, café, azul, amarilla, roja, negra y rosácea. Su traje es del mismo color que la tez, tanto, que parece que están desnudos. Su rostro es delicadamente dibujado como el de una mujer, aunque sus gestos, facciones y ademanes parecen las de un hombre. Intenté reiteradamente observar la zona genital, y no vi nada, no hay un abultamiento o indicio de forma, entonces, imaginé una vagina como la que le vi a Flor cuando nos bañaban juntos, siendo niños, en las grutas subterráneas. “Tal vez, los Drupadas no tienen órgano sexual”, pensé, aunque, deben reproducirse de alguna manera, ¿cómo? ¿Cómo?, fue una interrogante que me persiguió.
Las tardes del almuerzo se convirtieron en una pesquisa. Me detuve especialmente en un Drupada de color café, que me veía discretamente, y que, al servirme la charola de frutas, vegetales y semillas, rosaba una de mis manos. La sensación de su cercanía me provocó escalofrío y, de nuevo, la necesidad de saber por qué me tenían preso en ese lugar.
Decidí convertirme, sin titubeos, en uno de ellos. ¿Cómo? Ese cómo que me lleva a la intranquilidad. ¿Por qué no soy igual que todos? Puedo seguir viendo a La Luz y rendirme, resignarme a esta condición, pero no quiero, un instinto, una sensación me pide que camine más, que siga y siga; no sé cuándo voy a parar. La insatisfacción fluye, me invade como un baile arrítmico del corazón, una sombra que se mueve entre la nuca. ¿Cuándo cesará el ruido de los pajarillos de la duda inexistente?
Discretamente empecé a seguir al Drupada café, porque tenía un color similar y una corporalidad adolescente muy parecida a la mía, además, intuí que él mismo me invitaba a repetir sus movimientos lentos del cuello, de sus manos danzantes, de sus desplazamientos sutiles, de su voz y tonalidad neutra. Lo vi dormir y descubrí que sólo descansaba por minutos. Aparentemente no me vigila, pero está atento a todo ruido y distracción; su estado de alerta es tan potente que percibe mis pasos, pero finge que yo no estoy cerca de su camastro.
Él estaba desnudo y su traje colgaba a un costado de la puerta, pensé en tomar ese uniforme y marcharme, pero me detuve unos segundos porque mi curiosidad fue mayor que el temor a ser descubierto. La curiosidad es una ventana para asomarse a los misterios de la existencia, pero también es un lastre que arrastra hacia el derrumbe. Cuando vi ese órgano sexual desconocido, pensé: “la belleza te deja sin palabras”. Regresé de nuevo al robo y la imagen titilante de lo que vi, me dejó sin sueño.
Si algún problema sí era evidente para la consecución de mis planes, sólo bastaba con dirigir la mirada y ver mis genitales. ¿Ocultarlos? Fue flagelante, pero lo hice. Por los vellos no me preocupé, pues los arranqué con los dedos. El sudor provocado por esconder el dolor fue un reto, pero lo que me mantuvo en pie fue el deseo de comprender el enigma de mi vida, sin embargo, al colocarme el traje, algo cambió, supe que ya no podría regresar jamás a ser el de antes.
“Ellos son tontos, estúpidos, llenos de errores”, me decía a mí mismo cuando el acceso a la parte prohibida de la gran biblioteca se me permitió sólo por usar un uniforme. Leí sin detenerme, como lo hice muchas veces cuando el adiestramiento escolar me exigía horas de lectura. Esta vez fue diferente porque no era un mandato de mis captores, sino mi deseo genuino y profundo de saber más.
No había mucha claridad en los libros de historia, parecía que los Drupadas brotaron como maleza. Anteriormente, el planeta estuvo poblado por seres humanos como yo, con un ADN de veinte códigos activados. En esos libros aprendí de las costumbres de antaño, de las diferentes razas y culturas que vivían en pugna, de los diversos animales que se fueron extinguiendo y del poderío de aquellos humanos que dominaban la Tierra. Aunque un tanto revuelto, me gustó ver esa intrepidez, ese don de lograr en el combate lo que uno se propone, sin embargo, cuando llegué al punto de la sexta guerra mundial, ya no hubo más libros, seguramente los Drupadas los escondieron, no quisieron que quedara rastro de cómo nos sometieron, de cómo nos destruyeron y de cómo nos están exterminando.
Mi furia crecía cada vez que encontraba a uno de ellos por los pasillos. Las elucubraciones de exterminarlos me acompañaban en mis largas caminatas cerca de La Cueva. Cuando mis pasos se dirigían a ese lugar, de inmediato mi corazón aceleraba sus latidos y mi marcha se encaminaba hacia otro sitio. No quería dar un paso dentro, sabía que nadie volvía a ver a todos los dormidos que llevaban ahí, sin embargo, tendría que pasar ese umbral para seguir aparentando.
Por las mañanas, el Drupada café me despertaba tocando mi mano y, por medio de su ejemplo, me indicaba lo que debía hacer para seguir aparentando. Íbamos a La Luz a diferente hora para no mezclarnos con los humanos. Los Drupadas, en lugar de observar a La Luz, dirigen sus manos hacia ella como un ritual.
La primera vez que el Drupada café me habló, su voz resonó como un eco en mi cabeza, me dijo que era momento de atravesar La Cueva. Me llevó al lugar de mis pesadillas y, mientras mi respiración denotaba mi resistencia, ahí me abandonó. Creí que me habían descubierto y ese era mi castigo. Caminé por un túnel oscuro, que se fue tornando claro. De pronto, pude observar una habitación blanca en la que encendían y apagaban la luz. Entre los destellos, vi formas, símbolos y espectros sin rostro; aunque intenté tocarlos, se escapaban de mis manos.
Una de esas apariciones fue la del Drupada café, me dijo telepáticamente: “ya no puedes esconderte de ti”. Mi reacción fue la esperada: lo escupí, le contesté que era un invasor, le grité que abandonara mi planeta, pretendí golpearlo, pero no pude y la ilusión se esfumó.
No me daban comida, sólo me servían agua. Después de orinar como una fuente, el Drupada café se me apareció de nuevo y me dijo: “¿No me reconoces? Soy Flor”. Lo sabía, esa sensación de cercanía ya la había experimentado en la infancia. De inmediato quise abrazarla, sentirla, llenarme de ella, pero mis ansias no se calmaron ni siquiera cuando me desnudé y toqué mi miembro para desahogar toda mi furia atrapada.
Ya no sentí hambre, tampoco sed, sólo me vi a mí mismo frente a mí. Me observé como el esqueleto en el que me había convertido. Me rendí, lloré hasta deshidratarme y caí de cansancio. Un largo sueño, que no sé cuánto duró, me hizo desprenderme de la vigilia y la ensoñación. Vi a Flor a mi lado, estábamos frente a La Luz. Mi mirada se quedó fija en la pradera, en los árboles formados con el orden que la naturaleza les dictó y regresé mis ojos hacia Flor, mi compañera de infancia, le pregunté: “¿por qué tienes ese cuerpo?, ¿acaso este Drupada café se robó tu identidad?”.
Nada, ella no dijo nada, sólo tomó mi mano y me condujo hacia un grupo de Drupadas que estaban en los comedores. Ellos me pidieron que los imitara. Ya ni siquiera fue por una voz telepática, sino por una intuición; podía comprenderlos, aun sin comunicarnos. Me asignaron una labor: debía servir los alimentos a los humanos.
En ese momento una pregunta me asaltó: “si nosotros somos sus prisioneros, entonces, ¿por qué ellos nos sirven, en lugar de que suceda lo contrario?”. La duda se interrumpió ante la mirada de León, mi cómplice de huida. Al verme, bajó sus ojos e hizo como si no me reconociera. Le serví frutas y vegetales y él tomó mi mano, de inmediato la solté porque sentí su desesperación y pude escuchar su pensamiento: “ayúdame, quiero salir de aquí”.
Quise decirle algo telepáticamente, pero no pude, Flor me interrumpió y me llevó de nuevo a La Cueva. Caminé conociendo el rumbo y me adentré en la oscuridad del espacio como si mi cuerpo fuera el que supiera el camino. El miedo a ser descubierto se desvaneció, también la opresión de ver a los Drupadas para inyectarles mi amargura y mi enojo. Experimenté un estado de soltura, como si ya no necesitara nada, ni siquiera las respuestas por las que había arriesgado la vida. Fue cuando una figura idéntica a mí se colocó a mi lado.
Me concentré en mi otro yo. Al primer intento de que saliera una palabra para decirle algo, mis labios no pudieron abrirse y, por el contrario, él —es decir, yo— me pidió con un ademán que permaneciera callado. En ese instante, caí de bruces y sin motivo empecé a llorar, un golpe en el pecho me llevó hasta un grito que salió de mis entrañas: “¿Quién soy entonces?, ¿a dónde pertenezco? Si me quitan el miedo, ¿en dónde quedo yo? Si se va mi necesidad de venganza, ¿hacia dónde me dirijo? Si se disuelve este combate, ¿en quién me convierto? Me falta la respiración al saberme sin mí”.
Todo aquello lo grité tan fuerte que no me percaté de que mis labios ya estaban separados. Varios Drupadas aparecieron y se colocaron en círculo, en medio estábamos yo y mi doble, mis enemigos giraron y giraron, vuelta tras vuelta, círculo en vaivén, hasta que desaparecieron junto con mi otro yo. De nuevo experimenté la sensación de un sueño, una discordante línea en la que me esfumé para continuar como si nada hubiera pasado.
Seguí con mi trabajo de repartidor de comida, sin embargo, algo había cambiado en mí. Vi a León y lo percibí como el animal de su nombre, me pude adentrar en su mente y ahí estaba la transparencia de su furia. De inmediato emergió una certeza: tenemos un instinto que nos habita en el tuétano, somos fieras que no duermen para estar listas ante el movimiento vil y el parpadeo ingenuo. Aguantamos la respiración acelerada hasta el punto de saltar a la yugular. Contenemos el rugido que no sabemos de dónde emerge. Somos los que no comprenden que una bestia dormida jamás sueña.
En medio de esa epifanía, me dirigí sin dudarlo a La Luz. Levanté mis manos y experimenté cómo pequeñas partículas de ese ser luminoso atravesaban mi piel y se incrustaban en mis células. Un conocimiento espontáneo se abrió para mí: supe sobre mi naturaleza animal, también de mi necesidad de guerra. La rabia de mis ancestros me fue legada sin necesidad de vivir la experiencia, brotó en un pensamiento encarnado y agudo que me lanzó hacia el aprendizaje de mi raza.
En ese momento, mi deseo de venganza ya estaba en otro lado, oculto o quizás muy lejos de mí. En un impulso, sin que nadie me guiará, me adentré en La Cueva. Flor estaba ahí, de pie, con la espalda rígida y su mirada puesta fijamente en la pared blanca. Intuí que debía imitarla; así lo hice. Cuando logré su postura, ella me dejó solo. Mis ojos estuvieron inalterables y mi cuerpo se agitó hasta caer. Empecé a convulsionar, hubo un desprendimiento de mí, mi cuerpo se desplegó en dos: yo como mujer y yo como hombre.
Mi parte femenina se posó sobre mi parte masculina. Vi ambos sexos mezclarse, tocarse, frotarse, amarse, entregarse, fundirse, unirse. Me rendí ante esa sensación. Toda reminiscencia de ajuste de cuentas fue transformada por silencio. Las palabras huyeron, se distorsionaron en una explosión de fluidos internos y ya no necesité respuestas. Aquella marea atrapada en mis gónadas adquirió la forma de una figura sin género. Me había convertido en un Drupada.
Flor apareció desnuda frente a mí, nuestros órganos sexuales eran indefinidos, idénticos…, perfectos. La amé, la estreché, se introdujo en mí y yo en ella, ya no me importó saber quién era el hombre o la mujer. En el acto de comunión de nuestros cuerpos, las respuestas que tanto quería se instalaron en mi cerebro. Mi ADN se incrementó a sesenta y cuatro códigos activados.
Después de la sexta guerra mundial, un nuevo sol surge en la galaxia, sus rayos tenues llegan a la Tierra a través de La Luz. Sus partículas activan los códigos faltantes y nos convierten en Drupadas.
Todo está urdido para que poco a poco la intuición se convierta en duda, en búsqueda de respuestas, en una rebeldía que nos saca del letargo.

Glafira Rocha es escritora y Psicoterapeuta. Es dramaturga, narradora y guionista. Lic. en Literatura, Mtra. en Filosofía, Mtra. en Psicoterapia Humanista, Mtra. en Análisis Existencial- Fenomenológico. Ejerce la Psicoterapia Individual, Grupal y la Consultoría Filosófica. Está a cargo de la Creación y Conducción del Canal de YouTube Glafira Rocha-Pacificarte. Ha obtenido las becas de la Fundación para las Letras Mexicanas, Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico. Ha recibido las menciones honoríficas del Premio de Cuento Carmen Báez y del Premio de Dramaturgia Gerardo Mancebo del Castillo. Es creadora del documental Rapada. Tiene publicados los libros: Azul, El rumor de los días que vendrán, Tales cuentos, Relato a mí, Más allá del sol, En medio de la nada, Minerva quiere volar, La caja de Schrödinger, La bella, la bestia y yo, María en mis genes y Transmutación —autobiografía Interdimensional de Gael Mondragón—. Glafira se dedica a difundir la escritura creativa, la filosofía y el desarrollo humano a través de videos, audios, conferencias y talleres para niños, jóvenes y adultos; incentivándolos a desarrollar una producción escritural para obtener un pensamiento claro, crítico e inventivo. Su búsqueda creativa se concentra en fusionar los diversos géneros que desarrolla. Actualmente amalgama sus conocimientos de literatura, filosofía y psicoterapia, logrando que el ejercicio de la escritura funcione como herramienta terapéutica.

