Susana Espinosa
Las personas que nacimos con el nuevo siglo estamos destinadas a cargar con nuestra ática al hombro hasta el día de nuestras muertes.
La brillante esferita es colocada con una breve cirugía durante la primera infancia y la Ley de Medición y Regulación de Áticas estipula que no puede ser removida. La ática consta de dos partes: el dispositivo controlador que va cerca del corazón y la esfera metálica que orbita junto a nuestras cabezas y reacciona según una larga lista de factores, que incluye tu honestidad y comportamiento.
Sin poder evitarlo, la ática influye en cómo te miran los demás. No se puede esconder, cubrir, alterar ni eliminar. Tampoco se puede evitar su crecimiento y es imposible reducirla. Cargarla sobre el hombro significa observar esferas plateadas de distintos tamaños cada día camino al trabajo: esferas relucientes que, según tu suerte, podían medir unos cuantos centímetros o hasta medio metro.
Se dice que la ática más grande pesaba casi diez kilos y medía cerca de un metro, y que el portador no pudo soportarlo, pero no realmente por el peso, que no es mucho, ni por el tamaño, que sí era incómodo, sino por lo que tener una de ese tamaño conlleva. El suicidio había evitado que el mundo viera áticas tan grandes.
Durante la última década, ni los niños han sido capaces de mantener las suyas tan pequeñas —cuando se sincronizan con el portador e inician su conteo, no son más que esferitas menores a una pelota de golf—. La mía fue sincronizada cuando apenas era una niña de seis años, pero nunca fue tan grande como las de otros de mi edad.
Para cuando es momento de iniciar la educación básica, algunos niños ya cargan con la esfera del tamaño de su cabeza, que de un día a otro había crecido reuniendo cada falta cometida durante su infancia. La retroactividad de las áticas asustaba a los niños más que los aterradores cuentos nocturnos del siglo pasado. Ni siquiera los padres podían quejarse del tamaño de las de sus hijos si cargaban con las propias tan pesadas.
En ciertas zonas, las áticas no permitían que la capacidad máxima de personas abordara cierto transporte o ingresara a algún espacio, en particular si se había cubierto el cupo; en los pueblos pequeños, la gente solía caminar más apartada de los demás, había menos personas en los lugares cerrados y se podía respirar mejor. Pero, en las ciudades más grandes, las áticas eran incómodas en los autos, bloqueaban la vista en la fila del supermercado, ocupaban mucho espacio en el elevador y, también, en cualquier parte del mundo, eran estorbosas en la cama. No muchos lo comentan, pero la imposibilidad de acercarse a veces provocaba el fin de las relaciones, la quiebra de algunos negocios y la normalización de la soledad.
Aquel que intentara remover su ática quirúrgicamente fallecía de un dolor insoportable en el pecho. Cubrirla con algo, en vez de ocultarla, llamaba más la atención. Las medidas de la ática forman parte de la identificación oficial de las personas: los datos biométricos se almacenan en el brazalete con el que se accede a la mayoría de las cosas de la red; se registran tus datos y las medidas de tu esferita en el mismo dispositivo con el que se accede a tus redes sociales, tu historial médico y tus cuentas bancarias. Como las mismas instituciones tenían acceso a los datos de identificación, no era extraño que, si las medidas atiquinas variaban considerablemente en un lapso breve, te negaran acceso a los hospitales o te congelaran tus cuentas.
Recuerdo un tiempo, cuando yo era niña, que las personas comenzaron a abusar de algunas sustancias porque eran las únicas que lograban detener el crecimiento de la esfera. Las drogas, ilegales cien por ciento, mantenían a las personas más tranquilas. Con drogas, la gente iba y venía de sus trabajos sin quejarse, el metro estaba en silencio, nadie estorbaba ni respondía a insultos, no tenían deseos de golpear o robar, mucho menos de mentir. El promedio de las medidas atiquinas dejó de aumentar globalmente. A mis trece años podía pasear por la calle sola de vuelta de la escuela, podía pasar cerca de cualquier persona sin importar el tamaño que cargara, y nada malo pasaba porque todos paseaban en una completa calma. El silencio solamente duró un par de años. Pronto, las drogas dejaron de surtir efecto en las personas, su calma se volvió una furia incontrolable. Tuvieron que cerrar las fronteras de muchos países y cancelar las clases; las empresas entraron en paro; aumentaron los asesinatos, los suicidios, el caos.
Se distribuyeron medicamentos para poder contrarrestar el efecto de las drogas antiatiquinas durante un año intenso, en el que se buscó devolverle el balance químico al cerebro de los drogadictos. No miento, el mundo parecía haberse detenido.
Cuando cumplí diecisiete y el efecto se había pasado, después de cuatro largos años, todo parecía volver a la normalidad. De nuevo, las esferas crecían a cualquier falta. Mentir, crecer. Robar, crecer. Hacer trampa en un examen, en el trabajo, en el gobierno, la ática crecía siempre y nunca volvía a tener su tamaño más pequeño. La gente ya sabía los milímetros que aumentaría cada vez que cometía una falta. Algunos tenían la valentía de arriesgarse a ese pequeño crecimiento con tal de salvarse de algún apuro, si el cambio era diminuto, ¿qué tanto eran dos centímetros? Otros, al contrario, sufrían la ansiedad provocada por pensar que cualquier acción podía malinterpretarse.
Cuando entré a la universidad, llegamos a otra etapa de calma. Los políticos y gobernantes, cuyas áticas eran más grandes, tuvieron que dejar los puestos de poder porque las críticas no paraban. Ya no podían llevar a cabo una mala acción sin tener que sufrir las consecuencias. Después de mucho tiempo de soportarlo y, para apaciguar a la sociedad, el cambio se fue llevando de a poco. Para mi mayoría de edad, ya solamente había gobernantes con áticas no más grandes que una cabeza. Creo que hasta entonces las cosas comenzaron a mejorar, por lo menos a la vista del público.
El último método del que supe fue el del uso de una fórmula química que se aplicaba en la ática directamente para detener su crecimiento. El espeso líquido se aplicaba una o dos veces al día y podía conseguirse en el mercado negro. En la facultad, mis amigas lo intentaron y —me apena decirlo— yo lo probé durante un tiempo también. Como no era algo que consumir, se asumía más seguro. Pero la fórmula debía aplicarse con guantes y lentes de protección, con el peligro de sufrir quemaduras en la piel si no se tenía cuidado. Mariana quiso convencerme de que era lo más seguro, pero no me atreví a continuar con el tratamiento más allá de unos cuantos meses, ni siquiera cuando Mariana anunció con alegría que su ática ya no aumentaba de tamaño ¡sin importar lo que hiciera, dijera o pensara!
Ahora tengo veinticinco años. Hace poco, Mariana nos dio la noticia de que le habían diagnosticado infertilidad. Se rumora por ahí que los compuestos que mantienen quietas a las áticas reducen las probabilidades de reproducción de la especie humana. Tal vez, si se sigue así, tendremos que sacrificar una por otra.
Esta mañana tuve que contarle el asunto de la infertilidad a Sandra, porque ha estado considerando gastar sus ahorros en alguno de estos productos para detener su ática. Sandra trabaja conmigo, es la asistente del jefe de la empresa donde trabajo. Aquí se producen y distribuyen los nuevos modelos de un dispositivo de identificación que ya no tendremos que llevar como un brazalete, fácil de olvidar, sino un dispositivo que se inserta quirúrgicamente, ya sea en un brazo o en el pecho. Yo me encargo de la publicidad y las redes de la empresa. Mi meta aquí es hacer que todos en el mundo sepan de la comodidad de llevar el dispositivo con nosotros, uno que sincronizará nuestras vidas para hacerlas más fáciles y, casi tan práctico, que olvidaremos que lo tenemos dentro.
Cuando Sandra entra a la oficina, camina encorvada. Su ática es un poco más grande que la mía. Cuando se acerca, en forma de saludo, alza su muñeca hacia mí para permitirme ver los datos de su brazalete de identificación:
Sandra Ruíz, 27
ID: SARTMS20991106
M: 26.5 cm 762 gr
La mía hoy está en veintidós centímetros. Llevo más de seis meses sin que aumente su tamaño de manera drástica, la última vez que creció fue el día en el que le mentí a mis padres para no ir a visitarlos en vacaciones, pero fueron unos cuantos milímetros. Sandra ha ganado los últimos seis centímetros en menos de un mes. Cuando le pregunto qué está sucediendo dentro de la oficina del jefe, dice que no ha pasado nada malo.
—¿No olvidaste ninguna junta? —le pregunto y ella niega efusivamente.
—¡Todo lo llevo a la perfección! Sincronicé la agenda con mi brazalete, llevo el tiempo cronometrado al minuto. Me urge que aprueben el implante para nosotras, siento que esto ya no me está funcionando —dice y sacude su mano, como queriendo sacárselo.
Durante el día, me entra la manía de revisar las medidas en mi brazalete: 22 cm. No aumenta, pero siento como si trajera un peso distinto sobre los hombros.
Después de mi descanso, me dirijo al baño y me acerco al espejo para inspeccionar las medidas de mi ática, porque algo me hace pensar que el brazalete está incorrecto. Es fría al tacto, parece metálica, como una esfera flotante de aluminio. Se siente frágil, pero sé que no puede romperse o abollarse. Del tamaño de mi rostro, aproximadamente, sobre mi hombro izquierdo va flotando mi eterna acompañante. Trato de no modificar mi postura ante su existencia. Donde yo me muevo, ella avanza. Mi ática no se ensucia, no sufre las inclemencias del clima y nunca se aparta de mí. Solamente hasta que tomo una cinta para medirla manualmente es que logro tranquilizarme: veintidós, sigue en veintidós.
Al día siguiente, Sandra falta al trabajo. Cuando la oficina parece estar entrando en pánico, el jefe me llama a mí de entre todos porque sabe que ella y yo somos amigas, y me pide sentarme frente a él en su oficina. Es un hombre grande, de cara redonda y piel muy blanca que combina con la esfera que lleva a su lado como una luna.
—Tu amiguita no responde las llamadas —me dice.
—Intentaré contactarla, no tengo idea de qué le haya ocurrido.
—Urgentemente —me ordena—. O que te transfiera la agenda de hoy para que ocupes su lugar.
Titubeo, mientras escribo un mensaje en la pantallita de mi brazalete.
—Señor, soy del área de publicidad.
—Niña, en esta empresa todos somos capaces de lograr lo que nos propongamos. Proponte conseguir esa agenda y asistirme en las juntas de hoy, porque lo necesito.
Miro su rostro enorme, intento no desviar los ojos hacia la esfera por temor a que lo note. Asiento con la cabeza, un sí muy pequeño. Envío los mensajes y espero a que Sandra responda. Él no me deja salir de su oficina hasta que obtengo una respuesta y luego me obliga a reproducir el mensaje de voz que ella manda a mi brazalete.
Su voz se quiebra por el llanto:
“¡Es enorme! ¡No deja de crecer! No puedo salir así, nadie puede verme con esta maldita cosa, ¿por qué no deja de crecer? ¡Ayúdame, por favor! ¡No puedo vivir así!”
Se me enchina la piel cuando la escucho. El jefe posa su mirada en mi muñeca con el ceño fruncido y, luego, con el mismo gesto, me observa a los ojos.
—Señor, ¿puedo ir a verla? Necesito asegurarme de que esté bien.
—No. Consigue la agenda.
Dudo un momento, pero después se la pido por mensaje diciéndole que permitirme ayudarla de esta manera será algo bueno para ella también. Cuando recibo la agenda y se sincroniza con mi dispositivo, alcanzo a ver, antes de que el jefe me llame la atención, las medidas de mi ática.
M: 22.6 cm.
El estrés es lo único que logra que no me esté rondando ese número por la cabeza.
Apresurada de arriba abajo, sigo al jefe en las juntas que tiene durante el día. Lo asisto con su café. Sincronizo mi dispositivo con su implante en el pecho. Reproduzco las presentaciones que debe hacer en una sala llena de hombres trajeados, cuyas muñecas están libres de brazaletes. Sus antebrazos parecen parpadear levemente con una lucecita que sale del implante. Antes de terminar la última junta, uno de ellos le dice al jefe que “todo está listo”.
—Cuando salga al mercado tendremos el control total. No habrá nada que se escape de nosotros, los laboratorios ya han acordado darnos libre acceso. Podremos modificar todo desde nuestros servidores.
Aguardo en silencio. El jefe le responde al primer hombre.
—Perfecto. Les estamos haciendo un favor. Caballeros, todo esto es correcto, no hay nada de qué preocuparse. Si no nos encargamos nosotros, ¿quién más lo hará? El futuro está en nuestras manos, señores.
Sus áticas no aumentan de tamaño. Sus sonrisas se muestran triunfantes pero tranquilas. Yo siento un ardor en mi hombro, bajo la esfera, y discretamente bajo la mirada a mi dispositivo.
M: 27.3 cm.
Se me revuelve el estómago. Tengo que aguantar hasta que termina esa junta para salir corriendo al primer baño que encuentro y vuelvo todo lo que me había estado guardando. Las manos me tiemblan. Me limpio e intento llamar al brazalete de Sandra, pero no responde. ¡Seis meses que he perdido en unas cuantas horas!
Sin salir del baño, busco entre toda la información de mi brazalete y lo que he logrado sincronizar con el jefe. Los archivos, las presentaciones, todo se lee normal, excepto lo que se ha presentado en la última junta con los inversores finales. Esa fue la que terminó por arruinarlo todo. Me atrevo a respaldar los documentos en mi nube, con el enorme temor de que el implante del jefe se dé cuenta de la copia que he hecho. Pero nada sucede. Nadie me llama ni entra a buscarme.
Sandra me responde, ya no por voz, sino por texto, que su ática ha dejado de crecer a los cuarenta y cinco centímetros. Me la imagino encorvada, sola en su departamento, y siento también que pronto la mía no me permitirá estar dentro del cubículo del baño. Salgo a refrescarme la cara en el lavabo. Mi ática ya se nota más grande en el espejo. En ese momento, deseo tener un ácido que untarle para reducir su tamaño. Me da miedo salir así a la oficina. Me lavo las manos otra vez. Vuelvo a repasar la información de la última junta. Tengo lo suficiente como para poder denunciar lo que está sucediendo. Si Sandra se hubiera dado cuenta antes, ella habría dicho algo, ¿verdad?
Entonces redacto un mensaje, adjunto toda la información necesaria para que las autoridades correspondientes se hagan cargo. Si el dispositivo sale al mercado, todos estarán en peligro. Entonces caigo en cuenta de que yo ya me encargué de miles de preventas del implante. Mi ática crece porque ya hemos enviado dispositivos de prueba. Pero, si envío el mensaje ahora, de cualquier manera, el jefe se irá a prisión y arruinaré su vida, la de su esposa e hijos, se irán a la ruina, dejarán sus estudios, se volverán exiliados. Mi ática crece. Si abro la boca, la empresa quebrará. Seré la culpable de dejar a todos los demás trabajadores en la calle. Mi ática sigue creciendo. ¿Y si no lo hago? Crece.
M: 32 cm.
Debo cancelar las preventas del dispositivo y devolver el dinero. Pero mi ática sigue creciendo, ¿por qué sigue creciendo? Mando el mensaje, ¡ya! Cancelo los envíos pendientes. Confieso todo en la red. Espero que las autoridades lo reciban y solucionen este fraude, la población ya no podrá ser controlada por un implante. ¡Pero mi ática sigue creciendo!
Vendrán por el jefe, cerrarán las oficinas, me quedaré sin trabajo. Sandra se pondrá furiosa, querrá matarme, su ática crecerá de odio.
M: 35.8 cm.
En la información que mandé venían los planos del dispositivo. Si se filtran, alguien más podrá terminar este trabajo sucio con todo lo que les he regalado.
M: 39.2 cm.
El banco acaba de congelarme las cuentas por mi aumento repentino. Pronto me quedaré también sin forma de comunicarme. No puedo avisarles a mis padres, les arruinaré la vida. Las autoridades vendrán por mí.
M: 42.1 cm.
No hay forma de hacer que vuelva a hacerse pequeña, jamás me volverán a ver de la misma manera. Si no me encierran, me quedaré sin oportunidad de vivir con normalidad.
M: 45.1 cm.
¡Más grande que la de Sandra! Pero si ella llevó la agenda todo este tiempo, ¿por qué me va peor a mí? ¡La odio!
M: 46.5 cm.
Ella me ha condenado.
M: 48 cm.
No puedo vivir así, el peso me va a matar. ¿Cuarenta y nueve? Ya no existe el bien en este mundo. Cincuenta. Las áticas no mienten. Tocan la puerta, llaman mi nombre. Entran hasta donde estoy y me dejo caer al suelo, a sus pies. La ática me aplasta con cada error que he cometido, y me dejo llevar.

Susana Espinosa (Susú Espinosa). Nació en el Estado de México, en 1993. Es escritora, correctora y fangirl. Estudió la Licenciatura en Letras Hispánicas y la Maestría en Producción Editorial en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Ha trabajado como correctora de textos académicos y literarios de manera autónoma y ha sido lectora y dictaminadora de literatura, además de diseñadora editorial para libros y revistas académicos. Es creadora del proyecto Futuras: Ciencia ficción escrita por mujeres, donde coordina la publicación de una antología de cuentos de escritoras mexicanas. Ha publicado cuentos cortos en revistas digitales como Tintero Blanco, Monolito y Penumbria y forma parte de la II Antología de cuento de Escritoras Mexicanas (2019) y la antología Cuénticas, de Amazonas Editorial (2021).

