Olivia Guarneros
Apenas leyó el último comentario en su publicación, Paz sintió cómo se le clavaba un profundo malestar en el estómago. No tenía ni un minuto que había inscrito con el pensamiento aquella convicción en sus redes y ya había respondido un contrincante para esa noche. ¿En verdad quieres hacerlo? Allá tú. La última vez estuviste a segundos de perder. Lo que has escrito no te genera adeptos. Bien te lo ha dicho Aidé, apenas te pican la cresta y de inmediato te prestas a ese juego barato de la discusión, de querer imponer tu punto de vista. Una y otra vez te ha preguntado si no te cansas. Bastante tienen con el trabajo como para gastar energías en esas bobadas. Levantó los hombros, dispuesta a no hacer caso al recordar los consejos de su mejor amiga.
Mientras hidrataba las verduras para la cena, se encontró con el refrigerador vacío. Pensó en los muffins que todavía aguardaban en la alacena. Con eso le alcanzaría. Después de medianoche, en su cuenta aparecerían los vales para solventar las necesidades del mes. Horneó los dos panecillos por veinte segundos y se sentó a diseñar su estrategia. Le pidió al asistente personal que desplegara en la pantalla holográfica el perfil que aparecía en las redes sociales de su contrincante. En las fotos de portada estaba en la mini terraza de su departamento. Intuyó de qué lugar se trataba. Una vivienda de interés social reservada para los burócratas al servicio del sistema. Todos los días, cuando iba de camino al complejo industrial, se encontraba con aquellas torres de un blanco impoluto que aparecían a la entrada de la ciudad. No eran la gran cosa, sin embargo, quien vivía ahí no se tenía que molestar por abordar alguna unidad de transporte autorizado y salir de la zona conurbada para internarse en las laderas de la metrópoli, donde la mayor parte de la población tenía asignadas sus labores diarias.
Estaba segura de que el departamento del retador era por lo menos de 40 metros cuadrados. Pensó en los 18 en los que vivía y esa razón se convirtió en un motivo más. Conque pudiente, ¿no? ¿Crees que por eso puedes justificar el consumo indiscriminado de carne? Mírate. ¡Terratenientito de mierda! Presumiendo el asado de lechón, sintiéndote orgulloso con un cabrito abierto en canal… ¡estúpido parásito!
Le pidió también a Alexa que, además de indagar en las redes sociales, buscara información pertinente, algo que le ayudara a intuir qué estrategia usaría en su contra. El asistente le comentó que sólo podía acceder a lo que él mismo publicaba. Lo demás estaba vedado con una leyenda que nunca antes había aparecido: perteneciente a las fuerzas del orden. Aquella información la alentó. Nunca se había topado con esa clase de opinantes. ¿Fuerzas del orden? De seguro era policía. Como si el reto que te lanzó no fuera una razón suficiente para enfrentarte; ¿será buena idea? La última vez experimentaste un miedo atroz, ¿te acuerdas? Tu ritmo cardíaco se elevó de manera alarmante. Si no hubiera sido porque el tiempo se agotó… ¡quién sabe!, a lo mejor no la cuentas.
Se levantó de la mesa para dirigirse a la pantalla. Dejó que su intuición le mostrara el camino. Tenía que ser policía. Los milicos vivían en la mejor zona de la ciudad. Disfrutaban de todas las comodidades, asistían a los sitios y eventos exclusivos; rara vez se mezclaban con el grueso de la población. Los policías, por el contrario, estaban al final de la cadena de los prestadores de servicios al sistema. Se conformaban con vivir en aquellas torres que parecían un lujo para cualquiera. Era el pago por la lealtad, por mantener el orden a toda costa.
Paz intentó no mirar los más de diez mil comentarios que en menos de una hora aparecieron flotando alrededor de la convicción que había encontrado un reto como respuesta. La mayor parte de ellos reflejaban un odio desmedido, como si las siete palabras que escribió estuvieran dirigidas a cada uno de esos comentaristas de forma personal y unívoca.
No te entretengas en el odio, Paz. Debes tener la mente clara. Enfócate. Si vas a enfrentarte a este imbécil debes estar en tus cinco sentidos, alerta. Ya tendrás tiempo de responder a los insultos. En qué más gastarías el tiempo que te queda después de regresar del trabajo. Aidé porque es una idealista. Tú no. Sabes que en este mundo hay que sobrevivir a bola de madrazos, no hay de otra. Ya lo hiciste una vez, aunque nadie lo sepa ¿Conciencia de clase? ¿Organización de los pueblos? ¿Hacer comunidad? Hace tanto que todo eso quedó atrás. Aún no entiendes cómo Aidé arriesga el mínimo de confort al que tienen “derecho” por un sueño, una quimera.
Se sentó en el sofá cama mientras seguía con el auricular los comentarios que aparecían a cada segundo. Comenzó a responder algunos. Entre más se defendía, los ataques aumentaban. La tachaban de elitista, terfa de mierda, vegana maldita. A cualquier argumento que trataba de exponer, encontraba una lista imparable de insultos y argucias para seguir fustigándola. Además de tratar de ofrecer resistencia a los opinantes, repasaba diferentes movimientos de defensa que le serían necesarios.
Una llamada entrante dividió la imagen holográfica en tres. Era Aidé. Trató de ignorar la llamada por unos momentos y sin embargo contestó ante la insistencia. Con su tono sosegado de siempre le dijo que había intentado no hacer caso de las publicaciones, pero lo que había visto en sus redes sociales ya era demasiado. No podía seguir alimentando el odio ¿Qué necesidad tenía? Ya bien sabía que una vez que llegaba a su apartamento, era imposible sacarla de la red. Si no ofrecía un reto con sus publicaciones, se la pasaba tratando de convencer a los que le mostraban abiertamente su odio de que tenía la razón.
―¿Estás segura de que por lo menos aquellos que te atacan son reales? ¿No te has imaginado siquiera que eres un experimento más en su juego macabro? Sólo quieren obtener información para crear la mente perfecta. Así aprenderán a omitir los errores que como seres humanos cometemos. Pero lo más importante, quieren robarnos la facultad que poseemos para tomar buenas decisiones y salir de muchos embrollos de forma creativa. ¡Por favor, Paz! ¡Deja de responder! En el caso de que sean personas de verdad, si alguno de ellos supiera dónde vives, no dudaría en llegar a tu domicilio y hacerte daño. Hay amenazas de muerte … ¿No te das cuenta del peligro?
Paz trató de zafarse de aquella conversación de la mejor manera. Era cierto que prefería estar en la red defendiendo su forma de pensar frente a los otros, antes que enrolarse en aquellas actividades casi secretas en las que estaba involucrada Aidé. A todo le respondió que sí. No quería que se arriesgara de más con sus comentarios. No quería perder a su mejor amiga. A su única confidente. Si algo la ataba a este mundo era saber que aquella única compañera de los últimos años era quien la ayudaba a sobrevivir a la realidad circundante, por más dura que pareciera.
Recordó las palabras que esa tarde, cuando regresaban del trabajo, le había escrito en un pedazo de papel higiénico: “Siempre he tratado de entender qué hay detrás de ese odio desmedido contra todo. Sé que algo te hirió de manera irremediable y estoy dispuesta a esperar a que puedas hablarlo. Aunque parece que hoy todos somos simples operadores de herramienta especializada para el sistema, recuerda que hace algunos años hicimos cosas diferentes. Fuimos a la universidad, cursamos especialidades. Hoy más que nunca tenemos que traer de nuevo a nuestra vida aquello que el sistema condenó como obsoleto y nos obligó a no mencionar. No olvides. Aprende a no olvidar”.
Para eso lo hacía, para no olvidar: las promesas no cumplidas, el odio en lugar del amor, el golpe por el abrazo. Tomó una servilleta de la pequeña alacena y escribió un recado. Salió de su apartamento. El de Aidé estaba a tres edificios. Cuando llegó, quiso tocar a la puerta, quizá tomar unos minutos para sincerarse. No seas tonta. ¡Qué ganas con contarle! Deja todo como está. Tú no tienes miedo de lo que pueda pasar. A fin de cuentas sólo sobrevives. Aidé todavía tiene el ánimo para soñar. Dejó el papel en la abertura de la puerta cuando simulaba tocar para no levantar sospechas y regresó a la cita que en menos de una hora habría de atender.
Cuando abrió la puerta de regreso a casa confirmó que nunca había sido un hogar. Desde el éxodo, ni siquiera se tomó el tiempo para colocar algunos de los pocos objetos que llevó consigo. Miró la caja donde guardaba su pasado. Ahí, pegada a la pared, debajo de la cama, apenas asomando uno de sus flancos. Se detuvo en el quicio y observó con cautela. Todo estaba igual como cuando llegó la primera vez. No le sorprendió lo diminuto del lugar. Incluso creyó que en ese nuevo orden todas estarían viviendo en una casa común. Entendió que la idea de asignarlas a pequeños departamentos acondicionados con lo indispensable, las acabó aislando por completo, conformándose con que nada les faltaba. Así estuvo bien. Recordó las primeras noches cuando lloraba en silencio sin poder contarle a alguien la angustia al recordar lo que había pasado. Por eso se terminó enganchando en los retos que le ofrecía aquella pantalla holográfica desplegada en el centro del apartamento, donde podía pelear y descargar la furia que seguía acumulando todos los días.
Cerró la puerta, se acercó a la cama para comprobar si todavía seguía en la vieja caja aquello que vino a su mente. El asistente personal apareció para informarle de los más recientes comentarios que se podían leer en la red. Paz apartó con la mano la imagen y se apresuró a buscar. Sí, encima de todo, ahí estaba. La tomó y observó el filo. Todavía era del tamaño perfecto.
Cuando llegó la hora, el detector holográfico buscó en la habitación el código de identidad de Paz. Extendió la mano y un reflejo violeta leyó la clave alfanumérica para conectarla a la arena virtual. Ahí estaba también él, ataviado con un traje de lucha libre. El arma que escogió era un cuchillo como el de Tarzán. En el reto había mencionado que con sus manos sería suficiente. Paz vestía un traje deportivo. Parecía que llegaba de correr y trataba de guarecerse de una copiosa lluvia. Llevaba en la mano aquella daga que encontró en la caja. No supo la identidad que su contrincante escogió para ella. Paz visualizó en el oponente en turno el rostro de todas las peleas. Su estrategia siempre era la defensa. Esperó a que el otro intentara el primer golpe. Se miró otra vez en casa, llegando a toda carrera para preparar la cena, tener todo en orden. Sintió como un puñetazo le rozaba el pómulo derecho y encontró los ojos con odio de Sebastián, asestando un golpe con el puño, unos días después de la luna de miel. No llores, Paz, enfréntalo. No caigas en su juego. Aquí no está él, no son sus manos las que intentan deshacerte. Giró de manera precisa para intentar un golpe en las costillas, buscar el punto débil de su contrincante; pero aquel ya esperaba la ofensiva, así que la tomó del cabello y la sometió en el piso. Levanta la rodilla y propínale un golpe en los bajos. Qué lamente todo lo que ha conseguido de ti sólo a la fuerza. Paz recordó cómo Sebastián la arrastraba por la casa después de encontrar cualquier nimio detalle para reclamarle por su estupidez, por su ineficiencia. Una bofetada la alertó. El juego que parece inofensivo y que preludia la nariz rota, la sangre manando a borbotones. No te doblegues Paz, sólo un poco más. Saca fuerzas de quién sabe dónde. Toma la daga Paz, toma la daga y que abra la carne en dos, como el cabrito que presume comer, ábrelo en dos. Que corra la sangre y la mierda de Sebastián.
Paz siente una opresión en la garganta. Quiere jalar aire y no puede. Sebastián está encima de ella. La penetra a la fuerza como tantas veces y disfruta mientras está a punto de la asfixia. Paz toma como puede la daga que desde hace días escondió debajo de la almohada y cuando Sebastián acaba, se la entierra en la yugular.
Los comentarios se suceden de diez en diez sin poder creer el último movimiento que conquistó la victoria. A pesar de tener las apuestas en contra y el odio a su favor, ha resultado vencedora. No cierres los ojos, Paz, no te dejes vencer. La lucha no ha terminado. Debes estar alerta. Todo siempre empieza otra vez. Todo siempre comienza otra vez…
Apenas leyó el último comentario en su publicación, Paz sintió cómo se le clavaba un profundo malestar en el estómago. No tenía ni un minuto que había inscrito con el pensamiento su última convicción y un contrincante ya había respondido al reto…
Hace sólo un par de semanas, la cyborg B-6022, sobreviviente de violencia doméstica, estudia con ahínco el dispositivo que almacena la conciencia 2163. Le sorprende la insistencia de Paz de regresar al mismo punto de la historia, enfrentarse una y otra vez con aquel recuerdo como si buscara la manera de cambiar el final. No comprende cómo ha sido capaz de crear un camino alterno, en el cual, desde su conciencia, siempre gana la batalla. Recuerda lo que Sebastián, su esposo, le hizo en medio del confinamiento por el Covid-19; pero no está dispuesta a aceptarlo. La cyborg B-6022 atesora lo que queda de Paz. Intuye que ahí, en la evolución de su conciencia, está la clave para que el odio no termine con miles de mujeres: luchar.

Olivia Guarneros (Puebla, México). Cursó la Licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica, la Maestría en Ciencias del Lenguaje (BUAP) y la Maestría en Competencias Docentes (IPMP). Actualmente cursa el Doctorado en Innovación Educativa en el IPMP. Ganó el concurso “Mujeres en vida” (2017); el Premio Iberoamericano de Cuento “Fundación Elena Poniatowska y Ventosa Arrufat” (2020); el “V Concurso Nacional de Cuento Corto de Escritoras Mexicanas” (2022), el Concurso Plaquettes de Cuento “Periódico Poético” (2024); el Tercer Concurso Nacional de Poesía de La Feria Nacional del Libro de Escritoras Mexicanas 2025; así como el tercer lugar en el Primer Concurso de Cuento “El Telar”. Obtuvo una mención honorífica en el “Séptimo Premio de Periodismo Gonzo” (2021) y en el III Concurso de Cuento de Ciencia Ficción del “Tercer Festival Semillas” (UACM, 2022). Fue finalista del Premio Nacional de Minificción “Queta Navagómez” (Tintanueva Ediciones, 2024) y Primera Mención en el Concurso Internacional de Microrrelatos “Pulir Huesos”, Editorial Avatares, (2024). Mención honorífica del concurso de cuento “Mujeres en vida 2025”. “Realidad 3.0” fue seleccionado en el Primer Premio Internacional de Cuento Breve de Ciencia Ficción “Construcción de Universos Posibles” (2023). Antologadora de Caleidoscopio, Antología de minificcionistas poblanas (Ediciones BUAP, 2023). Su primer libro, Máquinas simples y otros artefactos de control fue publicado recientemente por CETUS Ediciones (2025). Su libro Animales de costumbres será publicado este año (2026) por Dapolga Ediciones. Cursó el Tercer Diplomado Virtual en Creación Literaria (INBAL, 2021) y el Diplomado Presencial de Creación Literaria (INBAL, 2023), en el Museo Miguel N. Lira, Tlaxcala. Beneficiaria de los Estímulos PECDA, en la disciplina de Literatura, categoría de Cuento, en 2020 y 2024. Fue jurado y tutora de los proyectos beneficiados del PECDA Sonora 2023.

