Alicia Mares
Desde que instalaron el pararrayos en el iglú, mi hermanito Dante debe contar las estrellas a millares en vez de a millones. Antes se escabullía al techo cuando atardecía, aprovechando que ya había dejado de llover y que era tiempo de salir a cazar. Entonces, nuestros padres (enfundados en gordos trajes amarillentos, como de buzo oxidado), salían a rastrear a las lagartijas de tres colas. Solo a esa hora ellas asomaban sus cabecitas al páramo vibrante de calor, sabiéndose libradas de posibles precipitaciones del cielo púrpura; solo entonces reptaban contentas de ya no tener depredador.
Ellas, nuestro sustento principal, inspiraron el único refrán de mamá: “la vida encontrará una manera”. Ella lo repitió como loca, incluso en medio de sus últimos estornudos, que la hacían expulsar mocos coloridos con violencia. Lo dijo mucho antes de que se desmoronara el último vitral de la Basílica. Antes de que sus peregrinos…
Visiblemente los refranes mienten. Aquí, en el páramo, todo chisporrotea y cruje, incluida la lluvia. Los días que tengo más esperanza, pienso que al menos mamá nos dejó este regalo al morir: la sabiduría de que las lluvias arcoíris también pueden cambiar sus hábitos, evolucionar como todas las cosas en este mundo y decidir caer por la noche.
***
Ahora que mamá ya no está, papá no logra cazar. Inventa nuevas trampas con varillas, clavos y rejas, hasta pone nuestra piel reseca como un cebo para las lagartijas hambrientas, pero nada funciona. Eso sí, a Dante parece no importarle mucho, porque él no se deshace de sus hábitos: continúa subido a la ventana, refunfuñando y acariciándose la calva, con la vista pegada al cielo, mientras cuenta las estrellas.
Seis, veintiocho, cien, doscientas dos, quinientas, tres mil, cuarenta mil, cincuenta sesenta mil, encontraré cómo sobreviviremos, ochenta mil nueve y doscientos mil cuarenta y tres…
Contaba las estrellas como si fueran a responderle y a solucionarle sus problemas, el muy tonto. Ellas nunca lo hacían. Pero, aun así, él seguía pintando sobre el cielo decenas de números aquí y signos allá, símbolos extraños, letras invertidas, y no bajaba hasta que el sol se volvía una canica púrpura tumbada al final del páramo. Entonces, el lodo se volvía tierra cuarteada.
El viento está alzándose, ¡a comer, peloncito!, solía gritarle mamá. Dante obedecía y se bajaba del techo del iglú dando brincos.
Luego, en la sobremesa, él discutía con mamá sus teorías. Hablaban de la nueva órbita del planeta, mencionaban palabras en latín y discutían la sintaxis de fórmulas, cerrando y abriendo las manos como si recrearan implosiones de supernova. Gritaban decenas de nombres científicos, cada uno más complicado que el anterior, hasta terminar azotando los puños sobre la mesa por la emoción. En cambio, papá y yo veíamos la lluvia vespertina de meteoritos a través de la única ventana, calladitos. Masticando nada más.
Eso no ha cambiado, pero ahora Dante todo se lo guarda para sí. Supongo que siete meses de luto no le bastan a una mesa con cuatro platos cubiertos de polvo.
Encontraré cómo sobreviviremos. Sólo hay que aprender de las lagartijas, le escucho musitar durante las noches, cuando él tiene sus accesos de inspiración y se pone a inventar fórmulas, escribiéndolas con gis blanco sobre las paredes de nuestra habitación.
Todo el ruido es blanco ahora: el del gis de Dante, quien sigue montando y desmontando ecuaciones; el de la lluvia; el de las llagas suturando pus; el del palpitar de los intestinos de las lagartijas. Pero qué coloridos eran los mocos viscosos que se escurrían de la nariz perforada de mamá. Pienso mucho en ella.
Doy vueltas por horas seguidas, envuelta en este ruido blanco, y mi hermano nunca consigue el número que quiere, la epifanía que busca.
Afuera, siguen cayendo las lluvias arcoíris en su insistencia de sobrevivir. Ellas tampoco cambian sus hábitos.
***
La fauna local nos ha superado, leo en el viejo libro que Dante guarda bajo la almohada. Por supuesto que lo escribió un científico de nombre incomprensible. La devastación radioactiva les hizo florecer, modificar sus hábitos, evolucionar como todo lo que merece vivir. Es hora de replantearnos la cadena alimenticia.
Hay más, pero no le entiendo. Habla de enfermedades hereditarias, de veneno que no se puede ver, de manzanas que, a pesar de conservar el mismo color y sabor, absorberán los jugos gástricos en vez de al revés. Qué complicado.
Mejor pauso la lectura y observo al páramo, que alguna vez se sintió como una distancia que yo sí podía recorrer. Cada día él se hace más grande y yo más chiquita. Lo que no cambia, no obstante, es la silueta de la Basílica. Está hecha trizas: apenas quedan un par de arcos y columnas, tabiques, esquirlas de vitrales regados por doquier. Pero permanece un único muro, que tolera todavía las lluvias arcoíris que caen todos los días.
Vienen tantos peregrinos a ese último muro, todavía. No sé de dónde salen, porque el nuestro es el último iglú del páramo. Quizá cavaron agujeros y allí se esconden, tal como las lagartijas. Su origen es tanto un misterio como su decisión de ir a morir a la Basílica, al cerro que alguna vez se llamó Tepeyac.
Desde mi cuarto, puedo distinguir lo que queda de ellos: bultos de huesos y ropa raída. No los he probado, pero adivino que los huesos de esos últimos fieles saben a polvo, a varilla oxidada por el sol. Pobres: seguro no sabían nada de los socavones del páramo, o de las lagartijas de tres colas. Solo venían a buscar la cosa más vieja del mundo: un milagro.
Yo tampoco sé mucho de la ciencia, debo aceptarlo. Miro de nuevo la cubierta del libro, me rasco la cabeza. Leo un poco más. Entiendo nada más que el texto habla sobre nuestro lugar en la jerarquía de los animales. Sobre los caldos primigenios donde se deben gestar alternativas a la devastación.
Creo que comienzo a entender eso de la cadena alimenticia, porque papá lleva semanas dándonos de comer puros escarabajos polvosos. El pobre no se acostumbra a cazar solo, a haber perdido a la única traductora de las fórmulas de Dante y a uno de los trajes de buzo, encima. No puedo ayudarlo en las cazas nocturnas sin eso, pero me lo estoy planteando. Debe haber una manera, porque odiamos comer bichos, aunque odiamos más tener hambre. No le digo esto a papá, porque su panza ruge más fuerte que las nuestras, y le cuelga la piel de la cara. Dante ya no tiene cejas.
***
Antes de morir, mamá mencionó que oía repicar a las campanas de la Basílica. Incluso cantó en respuesta: Hora de la misa. Señor, me has mirado a los oooojos.
Oigo las campanas. ¡Mi amor, todavía podemos! Ahorita mismo llegamos, antes de que se callen, ¿okey? ¿Tú las oyes? Eh, ¿mi amor? Todavía puedes pedir un milagro más.
La voz de mamá ya se volvió ruido blanco.
Hoy papá sólo trajo una lagartija que cortamos en tres pedacitos. La masticamos rápido, acostumbrados a las arcadas. Sabe a sulfuro, como saben todos los otros insectos que papá logra atrapar. Así, me imagino, sabe toda la tierra tras las lluvias arcoíris; llamadas así por las coloridas llagas que deja en la carne. Mamá y los peregrinos lo supieron bien.
Una vez anochece, papá nos aleja de las ventanas y se pone a jugar con tuercas, palancas, clavos y remaches, elementos de trampas que algún día funcionarán. Canturrea un poco. Cantar y contar estrellas, he descubierto, son acciones muy parecidas a rezar, pues en el fondo desean lo mismo: armar hogares encima de la desolación.
Papá nos lleva hasta la cama. Una vez ahí, nos tapa con la manta, coloca los tapones de silicón dentro de las orejas y cierra las persianas, todo fiel a sus hábitos. Dante y yo, bien acurrucaditos, fingimos no entregarnos al concierto vespertino: la supuración del ácido contra la carne floja; el crujido de ropa que al quemarse se eriza, entiesa y enrosca; los alaridos distantes de los peregrinos. La lluvia arcoíris, susurro ofídico, es eficiente. Insistente. Ningún milagro la puede aplacar.
Encontraré cómo sobreviviremos. Las lagartijas anulan la toxicidad al volverla su sustento, la catalizan con enzimas distintas, musita Dante, al anochecer, envuelto en su ruido blanco. Yo me tapo la cabeza con la almohada, pero su escándalo no cesa.
Seis, veintiocho, cien, doscientas dos, quinientas… Seiscientos noventa y dos, setenta y tres mil, ciento cuarenta y cuatro mil…
Resuélvelo o déjalo ya, quiero gritarle, muerta de sueño. El cielo no nos va a salvar. Ni siquiera los peregrinos, que tanto lo reverencian, han logrado conseguir su piedad.
***
¿Mi amor?
Un trueno azota la arena próxima a nuestra casa y pego un brinco sobre la cama. Quiero molestarme con papá y gritarle que por fin había logrado dormirme, pero entonces comprendo la violencia de la tormenta. Sin siquiera abrir los ojos me doy cuenta de que hoy está lloviendo como esa noche, cuando por treinta años no lo había hecho. Mis papás se confiaban tanto de ello…
Entonces distingo la silueta de papá acercarse por el pasillo. Viene arrastrando los pies. Trae algo en la mano, que luego cierra en un puño.
Los rayos caen uno tras otro, y su luz se cuela como guadañas plateadas por la ventana. Cuento dos, tres, cuatro, cinco. Seis, y papá no termina de arrastrar los pies en camino a nuestra habitación. Así de pronto también entiendo que él no me despertó, que la voz que oí antes de que cayera el rayo era otra. Una dulce, tornasolada por el agua.
Papá llega a nuestro cuarto por fin. Se hinca al lado de la cama muy lento, y acaricia mis tobillos torcidos, cubiertos por la manta afelpada. Sé que está pensando en las veces que jugamos juntos, cuando yo todavía podía correr y el páramo se sentía como algo que cabía en la palma de la mano.
Baja, Dante. Ahora mismo.
¿Papá? Susurro. Él no responde. Hay algo en su puño cerrado.
Dante, el muy tonto, se deja de escribir fórmulas en los brazos para escuchar. Baja la escalera y finalmente se sienta al lado de papá, con la boca chueca.
Papá respira tres veces antes de alzar la cara y mirarnos. Quisiera…
Inmediatamente mi hermano se lanza a explicar cómo resolverá todo, cómo mamá tenía razón, cómo perseguir a las lagartijas y a los peregrinos rumbo al último muro de la Basílica nos hará sobrevivir. Oigo las campanas, mi amor, todavía podemos.
Papá le quita el gis de las manos y lo avienta lejos, hacia el pasillo. Surgen ecos metálicos y cantarines mientras el gis rueda por las escaleras y, minutos después, finalmente deja de rodar. Pero sirvió: mi hermano para de hablar. Y papá comienza a llorar, envuelto en el rugido blanco de la lluvia del exterior. Hace treinta años no llovía así, gime. Pobre papá.
Él nos dice que, cuando llegue la siguiente tormenta, deberemos taparnos con la cobija, ponernos los tapones de silicón y cerrar las persianas, como siempre. Sobarnos las costillas. Y cuando ya tengamos sueño, nos instruye, hemos de tragarnos dos pastillitas. Abre el puño y nos las muestra: son verdes y del tamaño de un diente. Sólo tengo dos, dice, entre hipidos. Una por boca. Yo nunca las había visto.
Papá gesticula hacia el techo de pizarrón negro, cubierto de fórmulas de Dante. El pararrayos no aguantará más, las lagartijas se volvieron más listas, explica.
Las lágrimas de papá, color amarillo sulfuro, caen sobre mis rodillas.
Muda, pienso en mi hermanito, en su calva de cal, en las llagas arcoíris que quedaron quemadas en mamá. En cómo nuestros padres arrastraban los pies antes de salir a cazar.
Tómalas, nena. No las sueltes.
Pobre papá, sus lágrimas le quemaban surcos en los cachetes, pero mis rodillas estaban indemnes. Eso todavía lo recuerdo.
Quise agarrar el frasco, ya tenía la mano alzada. Pero primero miré a Dante.
Ding dong. Lo oímos todos al mismo tiempo: en la distancia, en la profundidad del páramo, tañeron las campanas de la Basílica que ya no existe.
Dante miraba mi rodilla quieta, en donde escurrían las lágrimas de papá. Vi a sus cejas tocar el nacimiento de su pelo antes de que él exclamara el grito de asombro.
¡Eureka!, gritó Dante, por fin.
Mi hermano sale disparado a espaldas de papá. Se tropieza con las sábanas, pero consigue abrir la puerta de un tirón, bajar los escalones de dos en dos. Papá lo sigue, se resbala con el propio gis que aventó y se da un coscorrón. Yo intento mantener el paso. Oigo algún cristal rompiéndose, pero no distingo dónde. La mesa de la cocina está inclinada, el mundo está inclinado. Me levanto de nuevo, con el corazón vuelto un tornado dentro del pecho. ¿Cómo pueden estar sonando las campanas?
Dante emerge a la noche y al mundo devastado, sin traje, sin zapatos, ¡sin nada! Eureka, Eureka, Eureka.
Escala el iglú, en dirección hacia el pararrayos casi vencido, y yo me quedo abajo, pensando en números y en estrellas en vez de en mis pies y en que deben moverse pero ya. Pienso en papá corriendo, corriendo sin traje, corriendo sin mí a cuestas.
La lluvia cae y es de colores; tiene tantos colores. Uno dos tres, cuatro cinco y seis, ahora toca abrir la boca, paladear el agua que me explota ahí dentro y me quema la lengua.
¿Así se sintió mamá antes de todo? Tañen las campanas, mi amor. Los feligreses no pedían milagros sino simplemente un…
Seis, veintiocho, cien, comienza Dante, señalando con los dos dedos índices al cielo. Papá corre hacia él, extiende los brazos.
Dante abraza al pararrayos justo a tiempo: vemos la fotografía en negativo de su esqueleto.
Me tapo la cara con las manos, intento no respirar. Pero lo hago.
Huelo ropa quemada.
No quiero asomarme entre mis dedos, pero debo hacerlo.
Papá se frota los ojos, jadea sin poder levantarse.
De la Basílica queda nada. Mi hermano sigue sujeto del pararrayos. Distingo su silueta, aunque se ve… diferente. Me froto los párpados con los puños.
Dante sigue calvo, pero tiene las mejillas rosadas. Sus ojos son del color rosado de las flores: aquellas cosas que solo vimos en fotografías viejas y, decía mamá, la Virgen guardaba en su rebozo celestial.
Eureka, dice. En el horizonte el sol es una canica púrpura y la Basílica guarda silencio. Quizá los rayos han aprendido a tañer también, pienso.
Papá roza a Dante, temblando. Rodea su muñeca con la mano, comprueba la solidez de su carne. Lo aprieta bien fuerte, pero a Dante no le importa: está estirando las manos al cielo. Así me revela que le han salido agallas a cada lado de la tráquea, las cuales se abren y cierran. Justo como las boquitas de las lagartijas.
Mañana temprano lloverá de nuevo, declama, triunfante. Así seguirá hasta la temporada diluviante. ¿Vienes, hermana?, Dante extiende su mano de pelos chamuscados hacia mí.
Todo fue cuestión de tres pasos.
La electricidad también es ruido blanco, porque endereza el color del tuétano y el de la lengua seca; saca membranas entre los dedos y añade nuevos párpados sobre las pupilas. Dante me incita a abrazar el pararrayos y eso hago. Eso hago.
El gis es blanco, el ruido es blanco, el mundo es blanco. Algo en mis pupilas vibra en sincronía con los charcos del páramo.
Abrí los ojos.
Solo entonces papá se atrevió a dar una carcajada triunfal y a jalarme hacia su abrazo. Hecho esto, se quitó la ropa y la aventó.
Dante, el muy tonto, estiró su mano hacia papá y le sonrió. El vello de sus brazos se ponía de punta por la estática. Papá dio un par de pasos tembleques, sabiendo que se aproximaba el nuevo relámpago. Aunque cómo arrastraba los pies.
Yo, por vez primera, extendí mi mano no para que mi padre la apretara, sino para que dejara de avanzar.
Todavía puedes, le dije. Lo abracé, le señalé la amplitud del horizonte con los brazos.
Papá inspiró tres veces. Lento, muy lento. Entonces, flexionó el brazo hacia atrás y lanzó las pastillas lejos.
Te quiero, papá, dijo Dante nada más.
Yo palpé con dedos resbalosos mis nuevas aletas: pequeños brotes que surgían rojizos y escarpados de mis muslos. Dante me acarició el lomo con su cola pegajosa, ribeteada por manchas moteadas, y asintió.
Papá inspiró un largo aliento, teñido de blanco, y finalmente se dio la vuelta. Esquivó el pararrayos destruido y bajó del iglú de un salto. Mi hermano y yo lo seguimos, y pronto nos tumbamos pecho tierra, sintiendo el lodo acariciar nuestros nuevos vientres gelatinosos. Echamos a avanzar tras él en un bisbiseo, propulsados por tres nuevas colas.
¡Espérame! ¡Ahí voy!, gritaba, mientras se internaba en el páramo. Nuestro padre dejaba una estela sanguinolenta que seguimos, zigzagueando. Dante sonreía con una boca de la amplitud de su cráneo, color cuarzo rosado. El mismo color de las rosas.
A nuestro paso, veíamos asomarse cientos de cabecitas desde los agujeros del páramo. Nos daban la bienvenida.
Papá caminaba cada vez más chueco mientras las gotas le dibujaban hoyos en los músculos, pero reía. Reía y no dejó de hacerlo.
Vadeó hasta que el agua le llegó a los tobillos y luego se echó a chapotear. No dejó de reír ni siquiera cuando el agua humeante le llegó al esternón. Se internó por completo en la marea tornasolada, y siguió riendo incluso cuando los huesos agujereados de los últimos peregrinos —próximos fósiles de la era que vendría— le acariciaron los hombros. Papá daba brazadas entre espuma ácida que, ofídica, ascendía en volutas de vapor.
¡Ahí voy, ahí voy! Olía a flores, a cloro, a hierro. Esa noche el páramo se volvió un lecho lodoso, donde el azogue burbujeaba y expedía vapores.
Perdimos de vista a papá. Desde el nuevo mar retumbaba el tañido de las campanas de la Basílica, eco del refrán de mamá.

Alicia Mares (Ciudad de México, 1996) es Magíster en Creación Literaria por la Universidad Pompeu Fabra. Ha publicado tres colecciones de cuentos: Cocodrilario (Horror Vacui, 2022), Tornasol (Ocelote, 2024) y Helado de flor de cempasúchil (La Tinta del Silencio, 2025), así como el poemario Mudanzas a castillos de arena (Valparaíso Ediciones, 2024). Además, ha sido antologada en Nuevas emergencias (Candaya, 2023) y Gótico Urbano (Horror Vacui, 2024). Ha sido becaria del FONCA (2022-2023) y del PECDA Tlaxcala. También resultó finalista del XXXV Premio Ana María Matute de Narrativa de Mujeres. Este año fue galardonada con el II Premio Nacional de Literatura Fantástica de la Universidad de Sonora y con el XLI Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción.

